Los últimos días de Batlle — Por el Dr. Domingo Arena (Parte I)


Con motivo de un nuevo aniversario del fallecimiento de Don José Batlle y Ordóñez (20 de octubre), comparto una transcripción fiel de la parte final y pasajes testimoniales del artículo escrito por su hermano de la vida, el Dr. Domingo Arena, publicado originalmente en el diario EL DÍA el 20 de octubre de 1930. Iré completando y publicando el texto íntegro en sucesivas actualizaciones.

"(...)

EL PRIMER SÍNCOPE - ¡FUE UN SUPREMO ÉXTASIS!


A los diez o doce días de la intervención, Batlle estaba al parecer tan mejorado, que se dispuso que empezara a levantarse. Me di el gusto de verlo cómodamente instalado en un sillón, frente a la mesita que se le había dispuesto, preparándose a almorzar. La comida le iba sistemáticamente de su casa, de acuerdo con el menú que él formulaba a lápiz, mañana y tarde dentro de lo autorizado por los médicos. Tuve la tentación de coparticipar de su sobrio almuerzo, pero me objetó que no tenía el derecho de tomarle una parte de lo poco de que disponía. Naturalmente bromeaba, porque por desgracia, no se había librado todavía de la inapetencia en que había caído.

Ese atardecer o a lo sumo el siguiente, dejé de verlo no recuerdo por qué, convencido de que su estado permitía algunas ausencias. Al otro día por la mañana, en el mejor estado de espíritu fui a verlo como de costumbre y antes de entrar a su cuarto, el doctor Pacheco, su pariente, me dio una novedad tan inesperada como aterradora. La víspera repentinamente, estando solo con Mendieta, mientras intentaba cambiar de postura en la cama, se había desvanecido. Advertido en el acto, corrió hasta él y lo encontró inmóvil y sin pulso. Sin perder un segundo buscó lo necesario para hacer la inyección estimulante que se imponía. Pero cuando estuvo junto al paciente, disponiéndose a proceder, aquel abrió los ojos y dominando instantáneamente la situación lo detuvo con un gesto imperioso, que no admitía réplica, diciéndole: “¡A mí no se me hace nada!” ¡Y no se le pudo hacer nada! ¡El formidable hombre había reaccionado de por sí en un instante, armado de todo su indomable carácter!

Lo encontré con bastante fatiga, pero sereno de espíritu. Le estaba impedido hablar, pero no fue posible impedirle que me contara lo que le había sucedido. Según los médicos, el percance se debió a un exceso de movimiento. ¡Y no le advirtieron que no debía moverse! Los médicos, agregó, dentro de su vieja tesis, olvidan hacer a los enfermos indicaciones indispensables, distraídos por su exceso de trabajo. Me garantizó que si era cierto lo que le dijeron no había peligro de que el accidente se repitiese, pues se disponía a inmovilizarse todo lo que fuese preciso. Después, con alegría interior que le iluminaba el rostro y lo llevaba al arrobamiento, empezó a describirme el síncope: ¡No podía imaginarme nada más suave, más dulce, más arrebatador! ¡Era como un lento hundimiento en el supremo éxtasis! Si alguien se hubiera interpuesto para sacarlo de aquel estado, lo hubiese apartado con energía. ¡Llegar a la muerte así sería una delicia!

(...)


LAS ÚLTIMAS PALABRAS - EL FIN

En los últimos días de hospital Batlle parecía que estaba completamente mejorado. Llamaba la atención que no recobrase rápidamente fuerzas, como se esperaba de su recio organismo, pero ello se atribuía al ambiente y se esperaba que todo pasase en cuanto estuviese en su casa. Como ésta quedaba distante, se buscaba una céntrica, donde pudiera ser más fácilmente atendido por un médico. Este y los que habían colaborado con él en los últimos días se mostraban optimistas. Al episodio cardíaco lo daban por terminado. Hasta parecía que no había por qué tomarlo en cuenta para la segunda intervención, que habría de realizarse transcurridos algunos meses.

Así llegó la mañana del 20 de octubre, que nadie soñaba que había de sernos tan funesta. Estuve junto a Batlle a las once en punto, ¡lo encontré tan bien que lo felicité por su aspecto! Tosía, es cierto, bastante y se aplicaba mentol, pero era lo corriente. Estaban con él el doctor Pacheco y Barrandeguy. Este último le llevaba la noticia de que había tomado un lindo departamento en el Parque Hotel y en consecuencia se comenzó a planear la mudanza para el día siguiente. Empezamos a hacer bromas sobre la vida agradable que haríamos en el nuevo domicilio y hasta lo amenacé con instalarme también, tentado por el confort.

Un rato después nos quedamos solos y empezamos a hablar seriamente. Me pidió novedades. Le contesté que sólo había leído EL DÍA que él había visto también. Me arguyó que ciertas secciones del diario le parecían descuidadas y convinimos que pronto podríamos remediar muchos detalles, escribiendo yo sobre los temas que conversáramos, como habíamos hecho otras veces. Se lamentó que la espera del segundo tiempo operatorio le impusiera varios meses de inactividad: se resarciría después en cuanto lo restaurasen razonablemente.

Saltando sobre diversos temas, le hablé de la excelente impresión que había producido la última batalla municipal de César, lo que le iluminó el rostro en una amplia sonrisa, como si saborease en silencio el placer de sentirse dignamente continuado. No recuerdo cómo ni por qué, aludí a la actuación parlamentaria de su sobrino Luis, subrayándole que se estaba destacando tanto por su inteligencia, como por su dedicación y energía. Me contestó muy complacido que aquello era natural y lo había esperado. Tanto aquél como sus hermanos, me dijo, salen al padre: “El pobre Luis era muy inteligente”. “Y además muy bueno —le repliqué—; recuerdo que Irureta Goyena le llamaba el santo fracasado!”. La referencia le hizo sonreír de nuevo con plácida tristeza.

Eran alrededor de las doce. Yo nunca, absolutamente nunca, salía de allí antes de la una. Ese día, la Providencia —que ya me señaló, acordándome el triste privilegio de recoger la última palabra de Batlle y volvió a señalarme, singularmente, más tarde, deteniendo el féretro en el memorable cortejo fúnebre, precisamente debajo de los balcones del doctor Lago, donde lo esperaba para la última despedida— ese día, repito, tejiendo una complicada madeja de coincidencias, me obligó a dejar el hospital mucho antes de lo acostumbrado con el deliberado propósito, sin duda, de que no asistiese al trágico derrumbe de la Montaña. Interrumpí bruscamente, casi absurdamente la conversación, para decirle que lo iba a dejar a aquella inusitada hora, porque habíamos convenido con mi hermano ir a la ópera rusa, para festejar su mejoría. Abrazándolo en un gesto habitual, como si lo hiciese con una columna inconmovible, agregué: “Pero antes de ir al teatro, lo vendremos a ver”. A lo que contestó dirigiéndome su última cariñosa mirada:

“¡A condición de que no me despierten si me encuentran dormido!”

Al entornar la puerta para salir, sentí su último golpe de tos.

Diez minutos después, estaba en casa de mi hermano y me sentaba a la mesa alegremente. No había probado bocado, cuando sonó el teléfono. Me anunciaban que Batlle no estaba bien y que se requería mi presencia. ¡Un helado escalofrío me recorrió el cuerpo! En un instante estuve en el hospital. El recibimiento del doctor Stajano me anunciaba algo terrible. El resto me lo dijeron, sin hablarme. Marcos Batlle, desolado, cadavérico, y el pobre moreno Mendieta, que agobiado junto a la puerta, ya mortuoria, era la oscura imagen de la desolación. Me desplomé sollozante en los primeros brazos que me acogieron. ¡Batlle había muerto! Se lo había llevado un segundo síncope. ¡La sensación suave, dulce, voluptuosa del anterior, que él habría defendido si la hubiese visto en peligro! ¡Había tenido la suerte deseada, la sin duda merecida, la que en su insobrepujable altruismo anhelara para todos los vivientes como justificación del Creador!

(...)"

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