Figuras que se agrandan en el tiempo. La del Dr. Domingo Arena
Vicente A. Salaverri. (Especial para EL DIA)
Montevideo, junio 3 de 1956
EL DIA, suplemento Dominical fundado por Don Lorenzo Batlle Pacheco el 2 de octubre de 1932
AÑO XXV. – nº 1220
| Retrato del Doctor Domingo Arena |
“Recuerdo la frase de mi esposa, cuando el doctor Domingo Arena se retiró de nuestro hogar, que había honrado, por primera vez, sentándose a nuestra mesa para saborear un almuerzo en el que la joven dueña había lucido sus muchas habilidades culinarias.
– Pero… este amigo tuyo… no sé - Balbucía–. Encuentro… que no se parece a ningún otro hombre.
Mi esposa lo había captado pronto: el doctor Domingo Arena era un ser original, especial, absolutamente distinto. (En aquel tiempo con mi afición a los adjetivos desusados, habría dicho heteróclito). Extraño, si. Ni su tipo físico, ni su indumentaria, ni su verba, y mucho menos su espíritu, eran corrientes. Si alguna caracterización más necesitaba, estaba su rigidez para caminar, culpa de un ataque de ataxia locomotriz - en el que tuvo altibajos – del que nunca se había restablecido del todo.
Si el cuerpo, con la indumentaria holgada, sin sujeción o figurines resultaba bastante “rural”, el rostro carnoso y expresivo era varonilmente fino. Blanco - rosado, de facciones delicadas. Alegres, menudos y vivaces los brillantes ojos, que sonreían picarescos, con indudable gracia. Gracia que solía acentuarse aún más al deslizar la boca golosa, siempre abizarrada por el bigote, alguna de sus infinitas y chispeantes ocurrencias.
Era una bella cabeza, realmente, la del doctor Domingo Arena, con aquellos cabellos ensortijados, primero rubios y, ya después de la cincuentena, de plata, que solían desplomarse en mechones undosos por las sienes y la frente. Cuando Arena, en medio de un discurso, pasaba los dedos por la cabellera (ademán frecuente), los pelos, siempre amechonados, se alborotaban y aquello parecía la artística cabellera de una Medusa griega.
Si inconfundible era en su aspecto, con su macicez de chacarero (ya se sabe que tenía quinta), inconfundible era también en todo lo mental: conversación, oratoria, periodismo. En su juventud hizo literatura. Y a ella no le faltó tampoco un sello personalísimo.
Original en todo, lo fue en su brillante trayectoria: pues viene de Italia con 7 años y, apenas con 17, se ve al frente de una pulpería en Tacuarembó. Una pequeña pulpería que su padre, modesto zapatero, le instaló. Y cincuentón, tras de ocupar los más altos cargos parlamentarios, llegaba a formar parte del Consejo Nacional, el más encumbrado organismo gubernativo.
Original estudiando dos carreras universitarias antagónicas: la de farmacéutico y la de abogado. Original cultivando en el periodismo todos los aspectos; el más alto: editorialista; y el más modesto: cronista policial. Era diputado o senador y no desdeñaba hacer, sin embargo, relatos policiales y crónicas de crímenes. Siempre con originalidad ¿Qué decir de sus notas médicas, escritas con atisbos o gracejo que jamás luciera aquí galeno alguno metido a periodista?...
Como director de EL DIA, el doctor Arena dirigía poco o nada. Cierto que, viviendo el señor Jose Batlle y Ordoñez, los directores en aquella empresa, podrían desentenderse de lo realmente difícil: la concertación, “Don Pepe”, como los que fuimos sus subordinados le decíamos al señor Batlle, bastábase para que el periódico que fundó tuviera todo en orden: desde la nota del día al comentario editorial exigido por la actualidad, desde los deportes hasta los avisos económicos. Y fue así como en una sesión de la Convención del Partido, se le pudo oír al doctor Arena esta frase ingenua, asaz expresiva:
– Yo no pienso. (se refería a la política y al diario). ¿Para qué, si está Batlle que piensa por todos?
He ahí otro rasgo que caracterizó siempre a Arena. Su adhesión incondicional a Batlle y su consecuencia perenne al gran maestro. Resultó así de una lealtad ejemplarísima. A Batlle y a su doctrina, que nadie defendió mejor que él, con su espontaneidad y con su natural talento.
X
Doctor Domingo Arena en su quinta de Piedras Blancas entrevistado por "La Tribuna" de Roma
Hace alrededor de 40 años, formando parte de una Embajada que procedía de Italia, llegó a este país un periodista peninsular de mucha fama: Francesco Bianco, redactor de “La tribuna” de Roma. Vino ávido de atrapar lo más pintoresco del Uruguay. Y nosotros le dijimos:
– Tiene que visitar en su quinta al Presidente de nuestra Cámara de Diputados, un hombre que nació en Italia: el doctor Domingo Arena.
Cuando aludimos la carrera hecha por este político de origen peninsular, nos dijo Bianco:
– ¡Qué carácter fuerte debe tener mi paisano para haber llegado tan alto!
Y nosotros sonreíamos en tanto le explicábamos. Un inglés rectilíneo o un norteamericano volitivo habrían afirmado de Arena, observándolo por arriba, que no tenía carácter. Y habrían dicho que si navegó, mejor expresado, que si avanzó en política, lo hizo como la lancha que va prendida al remolcador. En este caso Batlle.
Se equivocaban. Bajo su dulcedumbre, Arena era un carácter, sostenido en lo fundamental.
Batlle sabía que contaba con el hombre fiel y firme que más lo admiraba, que siempre creyó en él ciegamente. Tan cálido, que allí donde fuera: redacción de EL DIA, club, reunión política o Parlamento, no sólo interpretaría sus palabras bien, sino que las diría con un calor y una elocuencia inigualables. Sagaz e ingenuo a un tiempo, entendiendo la ingenuidad aquí nosotros a la manera de Brisson: lo contrario del fingir. Y la paradoja: lo que parecía la debilidad de Arena, su ingenuidad, su candor casi infantil a veces, era lo que daba más empuje a su acción de lugarteniente.
Nos gustaba oírle los recuerdos de la infancia. Estando en la pulpería mostró tan “buena cabeza” que decidieron darle preparación universitaria. Tuvo algún maestro especial, pero se vió bien pronto que sólo en Montevideo podía tener el muchachón la clase de enseñanza que ser tan bien dotado merecía. inició los estudios secundarios ya bien grandote, entre compañeros que no le llegaban al hombro, cosa que lo avergonzaba. Y esto obligóle a esforzarse mucho, a fin de sobrepasarlos también como estudiante.
Cuando lo llevaron a EL DIA, para que se hiciera de algunos ingresos, estuvo por fracasar de puro campechano con don Pepe, que lo creyó un atrevido; pero se dio tanta maña luego, en su afán de escribir bien, que Batlle, en un principio prevenido contra él, como se dice, puso en el mocito toda su confianza. Y cuando en aquella redacción Batlle ensalzaba tal o cual nota aparecida en este o aquel diario, Arena le decía: – No crea que nos va a hacer sombra. Ahora voy a escribir yo una mucho mejor.
Y en infinidad de ocasiones lograba el ambicioso intento. Su bondad y sus felices ocurrencias le abrieron muchas puertas allá en sus comienzos. Luego fue una figura popular, muy querida.
Sus satisfacciones en la vida fueron infinitas. Pero los contratiempos también. Primero la esposa que no le comprendió. Una separación y el divorcio. Un hijo enfermo de un mal incurable. La amistad, bastantes años más tarde, con un espíritu exquisito, del que se enamoró apasionadamente. Era una joven enferma, que pasaba los días en un sillón de ruedas. El doctor Arena buscó a los mejores médicos, todos amigos suyos: – Mi vida, lo que ustedes pidan, pero cúrenmela.
Y surge lo que parecía un milagro de la ciencia. El cuerpo empieza a recobrar el vigor perdido. Ya se yergue. Ya camina. Ya vuelven a las pálidas mejillas, bajo los enormes ojos asombrados, arreboles de lo que fue una primavera con brusco eclipse.
Se concierta el enlace. Es la novia, que lo mismo hace versos que pinta, la que dibuja los muebles que el ebanista ejecutará con finas maderas. Proyecta la decoración de la casa, elige cortinados…
La vivienda de Arena, hombre tan sencillo, era, en Piedras Blancas, una construcción señoril, realmente buena, con el gusto de la época (ambientes grandes) y enclavada a la entrada de la gran quinta, llena de frutales que Arena podó personalmente, siempre que pudo, bien que colaborando sus peones, que obtenían de él un trato familiar.
En tanto llega la fecha del enlace, Arena hace acaso sus mejores discursos de madurez, que eclipsan los muy vibrantes de la juventud. Y cuando lo ovacionan, el avezado político confiesa a los compañeros: – No es que pretenda lucirme a mis años. Hago todo esto para ser digno de ella.
Llega el día de la boda. La joven es creyente. Y él librepensador. Ella quisiera casarse por la iglesia. Aquí un conflicto para Arena. Piensa y lo resuelve con su infaltable originalidad
Manda a la curia una carta pidiendo la ceremonia religiosa para su amada. Pero previene franco: “Yo seré allí solo un espectador respetuoso”.
No se puede brindar más delicada prueba de tolerancia. La carta la lee en EL DIA todo Montevideo.
Tras el connubio, la pareja fue a Buenos Aires, dando tiempo a que el “nido” estuviese arreglado.
– ¿Quedarán bien los muebles? – inquiere la dama.
Y el caballero responde galantemente: – Muy bien. No puede ser de otro modo. Recuerda que los ideaste tú.
Y sobreviene un brutal zarpazo del destino: la muerte de la dulce mujer a los pocos días. – ¡Mi vida está rota ya para siempre! – afirma el hombre.
Poco tiempo después se produjo mi visita a la quinta, conduciendo al periodista Bianco. Las habitaciones de la casa se habían llenado de polvo. Arena no dejaba que entrara en los aposentos nadie. Nosotros fuimos los primeros.
Con la advertencia de que no debíamos rozar siquiera los muebles que ella ideó y no alcanzó a ver. Los papeles del comedor y otros aposentos se habían despegado y colgaban dramáticamente. El dueño miró, un poco espiritista, y nos dijo: – hasta las cosas habían presentido mi desastre!
El doctor Domingo Arena reaccionó con el tiempo de este golpe tan duro. Estaba la obligación a cumplir: seguir al maestro, batallar por Batlle. Y estaba la quinta. Estaban aquellos árboles que amaba tanto, y que corrian graves peligros si él no tornaba a ser el fruticultor original que un día nos diera su brillante lección de botánica: – un árbol es una copa abierta a los cielos, de donde recibe el agua y el aire. En forma de copa ha de podarse siempre.
Política, periodismo, agricultura, con estas actividades ocupó su mente y dio castigo al cuerpo, que por el duro trato no se rindió a la enfermedad, no claudicó totalmente como el de otros enfermos de su mismo mal. La permanencia cerca de Batlle fue cada vez mayor.
Y en su quinta, próxima a la del maestro, recibió regularmente a los amigos que vieron con agrado cómo renacía el humor de quien siempre tuvo para todo una frase brillante, llena de chispa.
Entre las más puras satisfacciones de nuestra vida está la de haber suscitado, allá por el 1912, con nuestro libro primigenio, “ La vida humilde”, la carta apologética - inmerecida, naturalmente - que constituye una de las más bellas páginas brotadas espontáneamente (todo en él era espontáneo) de la pluma inspirada de aquel inolvidable ilustra amigo. Hay en esa carta una referencia magnífica al periodismo. Quien la lee ya no la olvida más. Tras de decir que el periodista está condenado a derramar su talento gota a gota, en una larga vía crucis intelectual que dura generalmente toda la vida, refiere: “ allá en mi más lejana infancia fui, entre otras cosas, pulpero. Naturalmente un detestable pulpero! Un día llegó a mi trastienda una gran pipa de vino, con gotera. No le di importancia al accidente. Ya un poco fantasista, no podía hacer caudal de semejante miseria. ¡La pipa me parecía tan grande! ¡La gotera tan chica! La dejé correr, pues, desdeñosamente. Pero un día, cuando fui a abrir la pipa, la encontré vacía. La pequeña gota insaciable nos la había vaciado sin dejar siquiera charco! Pues bien: mucho tiempo después, cuando me vi arrastrado por la vorágine del periodismo y quise abarcar mi destino, vi erguirse en el horizonte de mis recuerdos, como un símbolo de tragedia, mi pipa secándose gota a gota ¡Como ella se agotaría mi pobre cerebro, sangrando día a día! Y la lenta y desesperante hemorragia no haría charco, pasaría inadvertida, como la de tantos millares de colegas míos, absorbida, secada por toneladas de papel impreso”.
Bello símbolo a fe. He ahí una alegoría que supera el caso de aquel personaje de Daudet que tenía el cerebro de oro.
Por suerte para todos, el doctor Domingo Arena conservó la lucidez siempre. No se agotó su cerebro. Sobrevivió a Batlle hasta 1939 (murió el 3 de mayo), acompañando a los hijos, dándoles pruebas de su solidaridad - absolutamente total - en los días en que Terra hizo vacilar las finanzas del diario.
Tuvo una muerte dulce. Encontrándose bien, se acostó para dormir y ya no se despertó nunca. Su rostro, caídos los párpados, lucía la sonrisa de sus buenos momentos. Conservaban las tersas mejillas su color rosado, a pesar de la muerte. Y sus cabellos blancos - la caballera mantenía toda la integridad - caían en bucles y le ornaban las sienes y la frente. Aquel apóstol laico, dentro del ataúd, más que un cadáver, parecía una de aquellas imágenes policromadas, yacentes, ante las que se prosternan los fieles en los viejos templos católicos de Italia.
No hay modo de que se nos vaya del recuerdo esa impresión.
A esta altura del comentario, nos hemos puesto a hojear el volumen donde el editor Claudio García encerró páginas juveniles de Arena con el título de “Cuadros Criollos”. Hay allí de todo, desde la crónica de un lejano viaje a la Agraciada a escenas históricas que reflejan bien lo que fue la dictadura de Latorre; desde el relato gaucho fresco y sangrante de verdad, al cuento simbólico. Todo bien visto y bien realizado, con un estilo fácil lleno de color. Quiere decirse que Arena pudo ser, en cualquiera de los géneros literarios aludidos, un escritor a la altura de valores de aquella época que perduran por sus obras: Eduardo Acevedo Díaz, Carlos Reyles, Samuel Blixen, Javier de Viana.
También hemos tenido en las manos aquel discurso que lo oímos pronunciar en el Senado en 1912, cuando se trató el proyecto de divorcio ad libitum. ¡Qué torneo oratorio fue aquél! Espalter y Tiscornia, católicos, impugnando, Areco y Arena, liberales - el proyecto en discusión era del primero - defendiendo, bregando porque tuviera privilegio quien resultaba víctima con más frecuencia de la sociedad: la mujer. Dudamos que se hayan sucedido nunca en nuestro Parlamento - asi, en haz tan parejo, tan armonioso - discursos más inflamados y de más extraordinaria elocuencia.
Este parrafo del doctor Arena acredita bien a quien fue, con Batlle, tan ardiente feminista, en tiempos de verdadero despotismo masculino: “Todos estamos de acuerdo en que la mujer es la parte débil del matrimonio. Tan bien lo hemos entendido, que hemos organizado un régimen especial para defender sus bienes. ¡Pues, señor!, organicemos un régimen especial para defender su libertad que por lo menos, vale tanto como sus bienes”.
En los discurso de político, como en los escritos del abogado, como en los artículos del periodista, poco cuenta la erudición. El triunfo es del buen sentido, de la lógica, de aquel talento que Arena había desarrollado más atento a la vida que a los libros. Los puntos que calza la elocuencia de aquel gran intuitivo resplandecen en este párrafo del discurso que ofreció a la Convención del Partido, en el aniversario de la muerte de Batlle:
“Nunca podrá morir quien ha quedado profundamente arraigado en el corazón de cientos de miles de adeptos. Cuando lo sentimos, pues, ausente, debemos pensar con el poeta que emprendió el largo viaje hacia el país ignoto pero no hemos de admitir la desesperanza de la separación eterna, porque todos lo hemos de seguir. Nuestra actual situación, aunque aparentemente tan dolorosa, no es, en definitiva, muy distinta de la de incontables adeptos de Batlle que lo siguieron devotamente 50 años, sin verlo una sola vez. Podemos seguir obrando como si todavía nos aconsejara Batlle. Bastará con que nos inclinemos ante lo justo, lo bueno y lo bello, ya que la justicia, la bondad y la belleza fueron Norte invariable del caballero sin miedo y sin tacha del humanitarismo republicano en América”.
Se explica que el maestro destacara a este magnífico discípulo cada vez que era necesario ganar, en el Parlamento o en la Convención, alguna importante batalla.”
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