Hace unos días, previo a mi cumpleaños número cuarenta, me encontré con la siguiente frase de un libro llamado La ciudadela interior, de Pierre Hadot, que trata sobre las Meditaciones de Marco Aurelio. Decía lo siguiente:
“En cierto sentido, el hombre de cuarenta años, si tiene un poco de inteligencia, ha visto todo lo que ha sido y todo lo que será, reconociendo que todas las cosas son de contenido idéntico”
¿Qué quiere decir esto para mí? Que los sentimientos —tanto los lindos como los feos—, las ansiedades, los miedos, las formas en las que pienso y el cómo uno se siente son cíclicos; ocurrirán en un continuo mientras viva.
Y, como dice el filósofo, vendrán nuevas experiencias, pero con la misma esencia. Siento que ya viví un montón de cosas y que lo nuevo que me toque enfrentar, de alguna manera, ya lo transité. Cambiarán las situaciones o los escenarios, pero el trasfondo de esos sentimientos, de mis pensamientos y de mis miedos va a ser el mismo. Para mí, eso es exactamente lo que significa la frase: reconocer que, a esta edad, el repertorio de nuestras emociones ya nos resulta conocido.
Entonces, ¿qué puedo hacer con mi presente a los cuarenta años? ¿Cómo lo quiero vivir sabiendo que, por más que uno planifique su futuro o deje a la deriva su existencia, todas esas sensaciones, pensamientos y miedos que ya he presenciado o vivido me van a volver a suceder?
Hace unos días me tocó pasar unas seis horas en el box de una emergencia médica ya que, de improviso —como suceden todas las cosas realmente importantes—, me dio una fibrilación auricular que fue revertida con medicación. La respuesta de la medicina fue como la vida misma: no sabemos si te va a volver a pasar o no. Hay algunos tratamientos a seguir, todos con sus pros y sus contras. Como nunca antes había tenido una, la respuesta es aún más incierta: "veremos qué sucede", y ahí sí el panorama a seguir puede ser más claro. ¿Quién dice que el tiempo, por sí mismo, no es relevante, útil y también necesario en algunos casos?
¿Y qué puedo hacer yo? Lo mismo que cualquier otro: trabajar sobre lo que puedo cambiar.
Así que, para estos cuarenta años, he decidido encarar algunas cosas desde la raíz. Me he dado cuenta de que el cuerpo y la mente son muy valiosos y sensibles, y que merecen su cuidado y buen trato.
También necesito y quiero ser más "lento", en el buen sentido y en todas las cosas. Creo que darle un tiempo más a pensar detenidamente en lo que estoy haciendo y en lo que voy a hacer es mucho más valioso que la rapidez o la ansiedad por lograr metas. Sea lo que sea que uno se proponga, correr no es útil; lo importante es ir bien rumbeado.
La vida es, en definitiva, impredecible. Hay que estar dispuesto a que te cambien los planes de golpe o también a saber cambiarlos; saber, de alguna manera, adaptarse a lo que muta, a las limitaciones que surjan y a lo bueno que aparezca. Y hacerlo con las mismas ganas, sea deseado o no, ya sea ante un “justo ahora me pasa” o ante un lindo esfuerzo para pasar a ser otra cosa.
Elijo ser consciente de que hay motivos para disfrutar de la existencia y soñar con el futuro, pero lo más importante es estar en paz en el ahora y tratar siempre de hacer un poquito más en el presente que en ese supuesto porvenir. También implica ser humilde para aceptar que no somos dueños de nuestro destino, sino constructores constantes de él.
Otra cosa que voy a valorar más e intentar cultivar con más ahínco —y que creo que es lo más grande que tiene el ser humano— es la amistad, el amor y el ocio.
Quizás no se trate de encontrarle el sentido a vivir, sino, en definitiva, de elegir vivir con sentido.

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