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¿El fin de una tradición? La oposición en la Presidencia de la Cámara de Diputados


En Uruguay existe una tradición republicana —cumplida sin obligación legal— de rotar la presidencia de la Cámara de Representantes entre el oficialismo y la oposición. Es por esto que el año pasado el cuerpo votó a Sebastián Valdomir (MPP, Frente Amplio) y, para la legislatura de este año, la oposición decidió proponer a Rodrigo Goñi (Espacio 40, Partido Nacional), y así fue votado.

¿Qué hace el presidente de la Cámara de Diputados?

Básicamente, representa a todos los legisladores y es, quizás, la tercera autoridad en relevancia dentro del organigrama institucional del país. Es quien dirige las sesiones de la Cámara y, sobre todo, según establece el artículo 106 del reglamento: “El presidente es el representante oficial de la Cámara, pero no podrá contestar ni comunicar a nombre de ella sin su acuerdo”.

Desde el inicio de la última campaña electoral de 2024, venimos asistiendo a un franco y acelerado deterioro en la calidad de la deliberación política; en definitiva, de cómo se hace política, de qué cosas están dispuestos a hacer los políticos y cuáles son sus frenos. A esto se le suman estrategias nunca antes vistas por estas tierras, como la denuncia falsa a un candidato a la presidencia, en la que todavía no se sabe bien en qué quedó la investigación judicial.

Al asumir el actual gobierno frenteamplista —que tiene la particularidad de no contar con mayoría propia en la Cámara de Diputados—, esa pérdida de calidad política se ha hecho aún más evidente. Hacía mucho tiempo que un oficialismo no se encontraba en minoría en una de las cámaras, y eso obliga a hacer más política, a negociar más, a elevar el nivel. Sin embargo, parece que por momentos no se encuentra la forma.

Si bien existen reflejos institucionales que considero positivos, como la aprobación del presupuesto nacional votado por la oposición, el "gorilismo" político parece gozar cada día de mejor salud. Curiosamente, este fenómeno no se ve reflejado principalmente en Diputados, sino en el Senado.

¿Qué es el gorilismo? Es una forma nueva de entender la actividad política: tosca, de poco diálogo y fundada en la teoría de que negociar es perder. Se juega al "ellos y nosotros", al blanco y negro sin ningún matiz y sin ningún argumento más profundo que lo que se pueda decir en X (Twitter). Cambian las palabras, usan frases que pegan pero que no le aportan mucho más al país.

Da la impresión de que una forma de oposición basada en la premisa del gorilismo está tomando el control total de los reflejos de la mal llamada Coalición Republicana —que, a la luz de los hechos, de lo segundo parece tener poco—. Una muestra cabal de esto ocurre en la propia presidencia de la Cámara baja. Una tradición que creíamos arraigada, y en la que se autorregulaba el comportamiento, se tensa mes a mes. Ocurrió en primera instancia con la invitación del Papa al Parlamento y continuó ahora con una especie de cónclave en el despacho del presidente con manifestantes. Lo llamativo es que allí solo había miembros de la oposición; ningún diputado, todos senadores, y uno de ellos, un fiel representante de esa política menor.

Incluso se llegaron a utilizar las redes sociales oficiales del Parlamento para dar difusión a este encuentro y con un fuerte perfilismo que no demuestra la apertura que, para mí, debería tener un presidente de la Cámara de Representantes.

Ante este nuevo escenario y este quiebre de las buenas reglas de juego a las que nos tenía acostumbrados el Uruguay republicano —esas que usamos como diferencial en la región y que a veces logran traer inversiones aunque seamos más caros que en otros lados—, nos quedan dos preguntas clave: ¿Qué postura debe tomar la bancada oficialista? ¿Cómo se disputa la agresividad sin caer en ese mismo juego?

Entiendo que no hay respuestas definitivas aún, pero se debe trabajar para encontrarlas. Una parte de la oposición ya mostró las cartas y, lo peor de todo, está convencida de su postura. Como ya sabemos, la excepcionalidad uruguaya no existe. Ayer quedó demostrado, tanto desde las instituciones como en las calles, con movilizaciones y declaraciones que se parecen más a la realidad de Bolivia que a la de Uruguay.

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