Discursos fulminantes: entre los «nueve dedos» y la política del agravio
«Não adianta nada o salário mínimo ser de R$ 1,6 mil se você dá com uma mão e tira com os nove dedos».— Flávio Bolsonaro (Debate presidencial na TV Globo).
«Se tem alguém que perdeu o dedo com 17 anos, fui eu, trabalhando de noite quando não podia trabalhar. Não vou permitir que me chame de "nove dedos"».
— Luiz Inácio Lula da Silva
Se podría decir que no existe político sin discurso. Esta herramienta de persuasión existe desde que el ser humano sintió la necesidad de argumentar sus puntos de vista; por tanto, discurso y política seguramente hayan nacido al mismo tiempo.
Antes —para conocimiento de los más jóvenes— los políticos escribían. Era una actividad mucho más comprometida y peligrosa que hablar, porque, como bien dice el refrán popular, «a las palabras se las lleva el viento». Pero eso parece haber quedado atrás. Hoy mandan el algoritmo, el reel y una disputa entre ridícula e ingeniosa por captar la atención de un mundo que descarta todo en los primeros diez segundos.
¿Qué es la credibilidad? O mejor dicho: ¿qué significa la credibilidad en un discurso político? Hoy en día estos dos conceptos parecen contradictorios; «política» rara vez es sinónimo de «credibilidad». Y no es casualidad que la palabra remita directamente al hecho de creer. El credo es un distintivo de fe. Por lo tanto, frente a un discurso creíble, podríamos sostener que le tenemos fe. Y si le damos un sentido constructivo al término, concluimos que le depositamos nuestra confianza para que se concrete, exista y se cumpla en los hechos. La fe es la capacidad de soportar la duda.
El problema es que hablar y ser influencer resulta infinitamente más sencillo que gobernar. Si todos los discursos, por el mero hecho de pronunciarse, se transformaran en realidad, el Uruguay sería un país muy diferente. Y esto lo digo tanto para bien como, sobre todo, para mal.
En los últimos años hay discursos que me llaman poderosamente la atención, en especial aquellos de legisladores que intentan calcar «recetas exitosas» del exterior; claudican ante un pasado que ni siquiera se sabe bien cómo fue y nos dicen: «esto es lo nuevo». Escuchar esos planteos me despertó la necesidad de escribir estas líneas y, en particular, de titularlas así. Lo que se viene diciendo desde ciertos sectores de la política me está dejando fulminado.
Elijo la palabra «fulminado» porque describe con exactitud el desánimo que siento. Perdí la fe en lo que estaba escuchando; me quedé sin ganas de elaborar una respuesta ante lo que me llegaba, con la sensación amarga de que es imposible entablar un diálogo coherente de ida y vuelta.
Lo fulminante es, justamente, la imposibilidad de construir un diálogo entre puntos de vista diferentes. Invito a cualquiera que pueda a seguir una interpelación o una sesión cualquiera de ese lugar que llamamos Parlamento: allí deberían estar los referentes en el arte de la palabra y el debate... pero no.
Para mí, un buen discurso es el intento de unir las ideas con la realidad, de hacer carne lo que se piensa y lo que se siente. Jamás debería ser una herramienta para separarlas ni para camuflar la ausencia total de proyectos útiles.
Sin diálogo se deteriora la calidad de las normas, de las políticas públicas y de las acciones de gobierno, porque nadie es dueño exclusivo de la verdad. Con este estilo confrontativo terminamos instalando la idea de que la mejor forma de gobernar es fulminar al adversario, enseñando que la voz del otro no merece ser escuchada porque no hace falta.
Y eso no está bien. Cuanto menos diálogo exista, más nos convenceremos de ser los portadores de la verdad y terminaremos perdiendo la principal cualidad humana: pensar con el otro.
Por eso celebro la victoria de Lula este domingo, así como la vocación de diálogo y síntesis que demostró el Frente Amplio en su congreso hace unos días. Comparto plenamente la búsqueda —a veces angustiante— de cómo, en estos tiempos acelerados, podemos seguir haciendo política con ideas, principios, seriedad y capacidad de interpelar al ciudadano para transformar la realidad real, no la virtual.

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