BATLLE Y EL BANCO DE SEGUROS DEL ESTADO DEL ING. JOSE SERRATO
Nota: Al cumplirse el centenario del nacimiento de José Batlle y Ordóñez en 1956, el Ing. José Serrato escribió una extensa memoria. Aunque la obra lleva por título la fundación del BSE, el texto lo trasciende para ofrecer una semblanza de JByO y tensiones políticas de la época. Presentamos la primera mitad de este documento de transcripción fiel y literal.
Fuente: Transcripción literal extraída del Suplemento especial del diario El Día Nº 3, publicado en julio de 1956 con motivo del Primer Centenario del nacimiento de José Batlle y Ordóñez. Documento original del Ing. José Serrato.
"El 21 de mayo de 1956 se cumple el primer centenario del nacimiento de José Batlle y Ordoñez. El temor de no estar presente ese día hace que adelante mi juicio.
Los que, como yo, fuimos sus amigos desde la época revolucionaría de 1898 y compartimos en el Gobierno de la República días de regocijo y de amargura, procurando siempre el bien - según nuestro leal saber y entender - creemos honrar su memoria esclarecida recordando una de sus obras más importantes y trascendentales, a la par que una de las más violentamente atacadas. Me refiero al proyecto de ley estableciendo la organización y funcionamiento del Banco de Seguro del Estado.
La resistencia fue implacable por la casi unanimidad de la prensa y buena parte de la opinión nacional.
El prestigio y la intervención personal con sus amigos políticos del Presidente Batlle y Ordoñez, jefe indiscutido entonces del Partido Colorado, tuvieron una gran influencia en la aprobación del referido proyecto en las dos Cámaras del Cuerpo Legislativo. A ellas concurrí en nombre del Poder Ejecutivo y sostuve, con gran energía y tesón, la iniciativa referida.
La 2ª presidencia de José Batlle y Ordoñez, ocupando yo el Ministerio de Hacienda, que había estado ya a mi cargo durante los tres últimos años de su anterior gobierno, se inauguró el 1º de marzo de 1911. Entré al desempeño efectivo del puesto el 8 de ese mes y el 26 del mes siguiente, o sea de abril, el Poder Ejecutivo dirige a la Asamblea General Legislativa, redactados por mí, el mensaje y el proyecto de ley que constaba de 28 artículos divididos en seis capítulos, estableciendo las normas especiales que habían de regular la vida jurídico-administrativa del nuevo instituto público y “declarando monopolio del Estado el contrato de seguros, cubriendo los riesgos de incendio, los marítimos, los agrícolas y ganaderos, los de accidentes sobre la vida y, en general, contra riesgos de todo género”
Ese mensaje contiene conceptos de gobierno que, a los 44 años transcurridos, sorprenden por lo precisos y acertados. No obstante toda una vida pasada ya, volvería a estampar mi firma si se me pidiera, seguro de que el interés público, como entonces, era el que me lo habría demandado. Estoy seguro que Batlle lo haría igualmente con la misma decisión y entusiasmo que lo hizo entonces, inspirado por su afán y firme resolución de hacer el bien. Su espíritu nos acompaña con la misma pasión que ponía siempre para servir el bien público y procurar la alegría y el bienestar del hombre.
Para él, la creación del Banco de Seguros del Estado y el monopolio de sus actividades, fue uno de los tantos éxitos de sus administraciones públicas; para mí significó un gran honor el haber vinculado mi nombre al de Batlle y a una obra de esa magnitud y trascendencia.
El centenario del nacimiento de José Batlle y Ordoñez no representa solamente una fecha señalada de una familia respetable o de un partido numeroso, sino que constituye, por la irradiante significación histórica del personaje una efemérides nacional.
Acallados los clamores y las presiones suscitados por su actuación, la figura del gran repúblico puede ya contemplarse y admirarse en una serena perspectiva, sin sombras sectarias ni preconceptos partidistas.
La evolución de la República, felizmente, permite apreciar “sin ira y estudio”, como quería el clásico, el saldo fecundo de la obra de Batlle y Ordoñez para la nación y sus permanentes intereses.
Venido al mundo el 21 de mayo de 1856, cuando aún crepitaba la ardiente pasionalidad de la Guerra Grande, en la que el Partido Colorado defendía, la nacionalidad, pasionalidad que se prolongaba tras banderías antagónicas y conflictivas, atravesó en su infancia y su juventud períodos tumultuosos; vio desangrarse al pueblo en frecuentes guerras fratricidas; asistió a la sustitución del poder civil por férreas dictaduras militares y empuño el mismo las armas en el Quebracho, para rescatar en una jornada gloriosa, pero infortunada, las libertades populares.
A las torvas realidades políticas se sumaban angustiosamente el desarreglo administrativo, el atraso económico, la crisis financiera y la corriente desaprensión de los medios oficiales, vueltos todos ellos, a fuerza de repetidos, males estables y crónicos de un país enfermo.
El Uruguay no era en aquellas décadas, desgraciadamente más que una de esas repúblicas atormentadas, enflaquecidas y convulsivas que Weber confundió bajo el rótulo que pretendía ser deprimente, de “South America”.
Entre césares criollos, déspotas cuarteleros y presidentes omnipotentes, no faltaron, sin duda, políticos y gobernantes que intentaron, con proba voluntad y clara razón poner remedio a las calamidades públicas; pero, o fallaron ante fuerzas inconjurables, desalentados, ante lo que parecía, dominante y oscura, una fatalidad del ambiente.
Batlle y Ordoñez extrajo de los sucesos una amarga lección, a la vez que un dinámico impulso de corrección provechosa y renovación necesaria.
Periodista de pluma infatigable y valiente, puso en peligro su vida varias veces denunciando y flagelando a los enemigos de la causa popular. Y parlamentario animado de los ideales y fervores de un tiempo nuevo luchó contra los vicios y los errores de una política anquilosada y exhausta que se hacía sin el pueblo o a sus espaldas. Era el período de los olimpos partidarios, intangibles y omniscientes, de los estados mayores sin ejércitos, de los jefes o conductores sin multitudes.
El fuerte viraje de la Presidencia de Juan Lindolfo Cuestas abrió una instancia a la rectificación y a la esperanza. Sería injusto desconocer u olvidar el afán ordenador y constructivo de aquel gobierno, que pagó deudas, enjugó déficit, puso al día los presupuestos e inició, juntando libras, águilas y doblones, las obras del Puerto de Montevideo, cuyo proyecto tuve el honor de informar en la Cámara de Diputados.
Con cuestas, en realidad, culminaba y se cerraba una época. Las nuevas generaciones deseaban un estilo de vida distinto. Y en el país se esparcía, de extremo a extremo, un anhelo vibrante de evolución y de progreso.
Frente a candidaturas presidenciales de cuño oficial, que sólo ofrecían repetir y prolongar el modelo de gobierno que terminaba, surgió la de Batlle y Ordoñez en los primeros años del presente siglo como una promesa de renovación nacional.
Recuerdo claramente el proceso de aquella elección en que intervine desde mi banca de diputado por Montevideo, que ocupaba por tercera vez. Casi quimérica al principio, la candidatura de Batlle y Ordoñez fue ganando paulatinamente espíritus y voluntades. No contaba con el favor de la casa de Gobierno, entonces todopoderosa; pero gozaba de la simpatía que inspira toda vida de lucha por la libertad, toda conducta honorable, toda aspiración patriótica de impulsar a la República hacia un rumbo mejor.
Desde el primer momento formé en el grupo de sus partidarios. A la consideración por los antecedentes del candidato, unía mi confianza en su carácter, mi fe en su energía, mi certidumbre, en fin, de que utilizaría al Estado - resquebrajado y envejecido Estado Uruguayo - para reconstruirlo y mejorarlo. Múltiples incidentes de la política nos habían vinculado desde años atrás y la aparición de mi libro “Problemas Económicos” nos brindó la oportunidad, comentando sus páginas, de convenir en la necesidad urgente, aun perentoria, de consumar sustanciales reformas para reorganizar la administración, fomentar la riqueza pública, desarrollar las industrias nacionales e intensificar el comercio del país.
El gobierno no fue para Batlle y Ordoñez amable canonjía, ni regalada sinecura. Significó duro y austero deber, que sobrepuso implacablemente a devociones y frivolidades. Era el primero y el último en la apertura y la clausura de cada jornada. Trabajador infatigable por amor a su obligación y convicción de su obra, dedicó todo su tiempo a la diaria labor de orientar y dirigir, la misión y el júbilo de su vida.
Sentimental y hombre de corazón amplio en la familia y la amistad, fue en la política hombre de raciocinio frío, de lógica geométrica y sin concesiones, para distinguir lo justo de lo injusto, lo posible de lo utópico.
Un gran aliento moral sopló sobre toda su existencia en la llanura de la oposición y en la cumbre del poder, en los actos gubernativos y en las agitaciones cívicas, en las manifestaciones externas y en el recogimiento privado.
Disgustaba de la retórica, desconfiaba de los retóricos y prefería invariablemente las cifras exactas, los hechos positivos y las motivaciones precisas a los párrafos inflamados de la fácil elocuencia.
Sencilla y natural, su sobriedad le eximió de todo recelo hacia las otras tallas encumbradas, de la soberbia que desconoce el mérito ajeno, de la egolatría que no admite contradicciones y de la petulancia que enceguecer y perde a los fatuos. Nunca se sintió un providencial. Antes bien, agradábale presentarse como un obrero apasionado por su oficio e ilusionado con su empresa.
Batlle fue un hombre de recia voluntad; de acción; de arrojo; de gran sensibilidad y de razonamiento lógico para encontrar los motivos que impulsan las pasiones del espíritu humano. Solo odiaba a la tiranía. No conocía de flaquezas.
Para él la política era una delicada tarea intelectual de ilustración y sensatez. Por eso tenía un tacto especial para elegir a los que habían de colaborar con él, ya en el escenario político, ya en el privado y poco visible.
Creía en el éxito de las luchas que iniciaba o se veía obligado a sostener. Valeroso, de un coraje indómito para enfrentar la adversidad, salía de ella con más energías y entusiasmo para perseguir su ideal.
No era hombre de grandes frases. Sin embargo, en los momentos solemnes encontraba siempre las palabras adecuadas para expresar su claro pensamiento y dar a los que lo oían o leían, el entusiasmo o las sugerencias necesarias para seguir la lucha en procura de la obtención del ideal soñado.
Las realidades del mundo democrático en marcha fueron comprendidas por él entre los primeros y, a ellas, dió su vida y entregó todos sus afanes. El nuevo derecho, en plena transformación y ampliación, fue debidamente apreciado por él.
Comprendió antes que nadie que resuelto el problema relativo a nuestra organización institucional, el hecho económico y social ocuparía el puesto culminante en nuestro desarrollo progresista.
Fue constante su afán, desde el primero al último día de su vida, de revolucionar el orden establecido que él creía injusto e incompleto, no obedeciendo sino a la inercia y a la comodidad y, mucho también, a la tradición, cuando él lo concebía activo, en pleno y permanente desarrollo, para así poder satisfacer las justas reclamaciones de la opinión.
Su vida fue siempre constructiva y de batalla. Su fino espíritu analítico, al par que crítico le proporcionaba una gran fuerza en la polémica escrita o hablada.
Era un gran optimista. Nada impedía, según él, que el hombre moderno realizara sus sueños patrióticos de organización nacional si ponía en ello su fe y voluntad. Las de él sabía comunicarlas a sus amigos y a la opinión, en general. Su contracción al servicio público constituía un vivo y aleccionador ejemplo que todos nos empeñamos en seguir.
Creía en las fuerzas del espíritu y las justas reclamaciones obreras; condenaba con igual fervor el “materialismo histórico”.
Batlle nunca rindió la guardia frente a hechos y hombres que no merecieran el respeto y la consideración del pueblo.
Su personalidad transmitía la sensación de poder y de fuerza
Su pasión por el bien público y su lealtad personal y política son reconocidas por la opinión nacional. Gobernó desde la Presidencia de la República, de 1903 a 1907 y de 1911 a 1915; gobernó desde la Presidencia del Consejo Nacional de Administración; gobernó desde las columnas de la prensa diaria, que sólo abandonó con la muerte y gobernó desde la plaza pública, adoctrinando multitudes e impulsando, con su palabra director vastos movimientos de opinión.
Hay todo un ciclo histórico que no se podría comprender debidamente sin la presencia, la acción y la obra de Batlle y Ordoñez; es el ciclo en que se arraiga en el país el imperio de las instituciones civiles, se arraiga el sometimiento del respeto a la ley, se establece la legislación social, se depura la administración, se dictan leyes trascendentales en todos los órdenes y se truecan las antiguas y sangrientas contiendas fratricidas por las luchas pacíficas y civilizadas del sufragio. Bien podría llamarse a esa etapa, en nuestra evolución, la de la civilidad y la democracia genuinamente vividas y profesadas; esa democracia y esa civilidad que constituyen ya, felizmente; valores definitivos e indestructibles del patrimonio nacional, que velan y custodian para honra colectiva, todos los ciudadanos y partidos de buena voluntad.
Basta comparar la República de antes del advenimiento de Batlle y Ordoñez al gobierno con la que se forjo a partir de su primer Presidencia, entre fecundas batallas democráticas, para hacer justicia a su labor y advertir que fue bajo su influjo, combatido o admirado, que se formó sin brusquedades ni violencias el Uruguay moderno. La nación avanzó rápidamente hacia sus realidades actuales; elevando al triple su población en pocos años; ensanchando sus riquezas; diversificando sus industrias; levantando su prestigio internacional; aumentando su cultura sobre la base de la gratuidad de la enseñanza, en todos los grados; instituyendo una legislación laboral que por justiciera y previsora, ha evitado los trágicos conflictos sociales de otros países; organizando una democracia y un estado de derecho que, cotejados con los del extranjero, resultan ejemplares; y, creando una sociedad en la que no hay desigualdades irritantes, ni clases opresoras ni jerarquías inaccesibles, ni derechas reaccionarios, ni izquierdas extremistas, al amparo de normas legales y morales que tutelan a todos por igual. Después de la Independencia, ha sido lo de ese período, sin sangre, sin tumultos y sin odios, la mayor revolución de nuestra historia.
En julio de 1913 debí renunciar al cargo de Ministro de Hacienda que desempeñaba desde el comienzo del 2º Gobierno de Batlle y separarme del Batllismo al que estaba afiliado desde su fundación, ocupando siempre en él puestos de dirección. La causa única fue mi opinión fundamentalmente contraria a la sustentada y defendida por Batlle con la pasión que ponía en su acción política cuando creía en la bondad de la iniciativa con respecto a la organización colegiada del Poder Ejecutivo.
Esa divergencia de opiniones no me distanció del hombre. Lo seguía considerando con la misma estima y admiración de antes por los valores que representaba. Por mi parte, cumplí honradamente con mi conciencia y me retiré a la vida privada. El debe haber valorado mi actitud por la estima que me demostró siempre, aún después de ese para mi doloroso suceso. Batlle fue el primero en proclamar mi candidatura a la Presidencia de la República, nueve años después de mi retiro. Lo hizo en la Convención de su Partido. Con esa base solicité el concurso electoral de las otras fracciones del Partido Colorado, el que me fue concedido. Por eso fui votado por todo el Partido.
Me tocó entonces, en 1913, quedarme solo, pero solo aparentemente, porque siempre me acompañó el ideal y la paz de mi conciencia..."
Próximamente: BATLLE Y EL BANCO DE SEGUROS DEL ESTADO (PARTE II).
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